Mis juegos

Yo disfrutaba mucho, muchísimo de mi imaginación cuando era una niña. Vivía un compañerismo sin igual con mi caballo, Domingo, fabricado por mí en la baranda de la escalera del patio de mi casa. Mucho tiempo tuve ese caballo. Para mí era más real que nada en el mundo. Le armaba la montura con cualquier cosa que encontraba, y en las horas en que lo montaba, le contaba secretos, lo cuidaba, nos íbamos lejos, volvíamos... Hoy, si pienso en mi caballo Domingo, lo veo tan real como entonces. También fui muy feliz como maestra de primer grado con una pared del mismo patio como pizarrón, con mis tizas, mi borrador, enseñándoles a escribir y a hacer cálculos a todos esos chicos solo visibles para mí, cada uno con su nombre, recibiendo mis retos y mis felicitaciones. ¡Qué hermoso! En este momento que los recuerdo están todos allí nuevamente, y yo acá, escribiendo con una sonrisa en mi cara.

Y así fue pasando el tiempo entre escenas familiares alegres y tristes, como en toda familia. Entre los bizcochitos, que me preparaba una de mis tías abuelas que era modista, cariñosa y alegre, y los discos de pasta de colores con canciones infantiles que escuchaba durante el verano mientras nadaba en la piletita de lona de nuestro patio.